Hay un viejo refrán español —de esos que sobreviven porque destilan una verdad inagotable— que dice que cada uno arrima el ascua a su sardina. En la España de la polarización permanente, del muro levantado contra el adversario como consigna de gobierno, de los bandos que se atrincheran en sus propias realidades paralelas, ese refrán ha encontrado su versión pontificia: todos han querido arrimar el Papa a su sardina.