En las grandes bibliotecas y museos del mundo hay tesoros que no figuran en el folleto turístico: libros encuadernados en piel humana. Los expertos los llaman antropodérmicos, y hay más de los que nos gustaría admitir. En nuestra historia de verano recorremos un bandolero de Massachusetts que pidió ser la cubierta de sus propias memorias, una Constitución francesa de 1793 forrada con la materia prima que dejaba la guillotina, los médicos de Filadelfia que convertían a sus pacientes en cuero, la libreta hecha con la piel del asesino William Burke que Edimburgo guarda lejos del público y un libro subastado en 2007 en cuya portada, dicen, aparece el rostro del jesuita con cuya piel fue encuadernado. Y una pregunta incómoda: por qué la mayoría de estos objetos siguen hoy en colecciones privadas, comprados por cantidades considerables de dinero.
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